Ya nunca será igual… El regreso después del Camino de Santiago

Hace más de 12 años, ante mi sueño casi imposible de quedar embarazada a los 40 de mi tercer hijo varón, mi esposo y yo le prometimos al Apóstol Santiago que si nos concedía el milagro, haríamos el camino en agradecimiento. Mi hijo nació en 2006 y se ha convertido en una fuente inagotable de amor y satisfacción para todos los que vivimos con él: hermanas, abuelos, tíos, amigos, vecinos, etc. Sin embargo la promesa seguía sin ser cumplida…

Primero por la mudanza de Venezuela a España, luego por no  encajar los compromisos de trabajo de ambos, por los estudios de sus hermanas, los veranos, los inviernos, un poco de pereza (o bastante) y miedo a lo desconocido se nos fueron pasando los años y nunca encontrábamos ocasión para disponer de solo 5 días para invertir en nuestro bienestar (a pesar de que cuando te enfermas y estás una semana en un hospital, no lo incluyes en tu agenda…)

Un buen día decidí anotar esta promesa en mis asuntos pendientes, lo cual ya me daba un 50% de posibilidades de encontrar la ocasión para hacerlo, sin embargo, así pasaron 2 años más (nos pasa así con los sueños, los vamos postergando hasta que algo grave ocurre y nos damos cuenta de que no somos eternos y de que el único requisito para morirse es estar vivo…); ya en primavera del 2017 hicimos un primer intento de organización que no pudo ser y lo reprogramamos para el verano, lo cual finalmente conseguimos, contra viento y marea, la última semana de agosto del 2017.

Me faltan palabras para describir la belleza de lo vivido, caminar por brillantes campos verdes llenos de hermosos maizales, pinos y eucaliptus, la amabilidad de las personas que atienden a los peregrinos, ese acento gallego que me recuerda a mi infancia,  las personas que te encuentras, con las que compartes un buen paisaje, un café o simplemente una sonrisa, seres a los que no sabes si volverás a ver, pero que sin embargo, si te enfocas en sus mensajes, te dejan muchos aprendizajes.

Vivimos momentos intensos, como los primeros 23 km bajo la lluvia, incómodos, con las mochilas, los impermeables y esa lluvia incesante que me hacía preguntarme si la decisión había sido acertada… (quizás lo debimos postergar para el 2018, total un año más que mas daba…), sin embargo, el premio por insistir fue la llegada al primer hostal en Portomarín, un pueblo precioso con vistas sobre el embalse espectaculares, donde tuve la dicha de descansar, tomar un buen café en compañía del libro que elegí de compañía en este viaje tan especial y que te recomiendo ampliamente: “Controle su Destino, Despertando el gigante que llevas dentro” de mi mentor Anthony Robbins.

Al día siguiente, ya con mejor pronóstico de tiempo, empezó una jornada dura con subidas que exigían estar en forma y a las que agradecí a mi cuerpo estar entrenada (siempre en la vida, el estar entrenado te da una ventaja adicional…). El regalo de paisajes espectaculares nos acompañó en un trayecto más largo que el día anterior, en donde el cansancio afecto emocionalmente a mi hijo de 11 años, que entró en modo “rendirse”; por lo cual tuvimos que ejercer nuestra profesión de Coachs y le ayudamos a cambiar su estado emocional, logrando que poco a poco superara su actitud derrotista (qué bien nos hace en la vida tener apoyos externos cuando queremos tirar la toalla…) finalmente llegamos exhaustos a otro hermoso destino:  Palas del Rei.

Al tercer día, Tomás se despertó con una actitud completamente diferente que le acompañó todo el resto del camino, donde disfrutamos, caminamos juntos, nos reímos con sus chistes, escuchamos música, intercambiamos besos, abrazos y ánimos, tomamos agua de las fuentes, conversamos en cualquier idioma (hasta el de las señas) con otros peregrinos y hasta tuve la oportunidad de ayudar a otros padres con el pequeño Rafa.

No puedo negar que existieron ratos de cansancio, de preguntarme ¿Qué hago yo aquí?, de pensar en la rutina, de pensar en los retos que me ha tocado superar,  de aprovecharme de la energía increíble de caminar por la naturaleza, la inmensidad de los árboles que llevan años viendo pasar a los peregrinos y, sobre todo, esas flechas amarillas que nos indicaban siempre qué dirección tomar y cuánto nos faltaba para llegar a nuestro destino (ojalá en la vida pudiéramos tener señales tan claras de hacia donde debemos dirigirnos y, sobre todo, cuándo llegaremos…).

La recompensa de llegar a Santiago, después de haber dormido en la pequeña Villantime, comer pulpo en Melide, pasar por Pedrouzo y reencontrarnos con otros peregrinos en el momento cumbre de “Sellar la Compostela” en Santiago, después de esa misa tan llena e sentido personal, han significado, para mí, una oportunidad para reflexionar sobre todo lo que puedo aportar con esta experiencia a través de mi profesión, inspirando a otras personas  y sin duda te invito a hacer el Camino de Santiago, en pareja, con niños, amigos, o contigo mismo…

Cuando termines tu vida será mejor y habrás logrado subir a otro nivel, te deseo:

Buen Camino!!!

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